Pregón de Navidad realizado por Tomás Salas
Organizada para todos los mayores de Álora con motivo de las Fiestas Navideñas. (Texto del Pregón de Navidad realizado por Tomás Salas).
Imagen del portal en los aledaños del Monumento al Cante por Malagueña, a la entrada de Álora.

Fecha y hora: Jueves, día 22 de Diciembre. 17:00 horas.

Lugar: Hogar del Jubilado. Casa de la Cultura de Álora.

Merienda y regalos para todos y todas. Concierto navideño de la pastoral del Taller Municipal de Música Popular.

Organizan: Concejalías de Fiestas y Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Álora.





PREGÓN DE NAVIDAD
Teatro Cervantes de Álora
(19 diciembre 2005)

En un libro escolar de mi niñez, no recuerdo en cuál, leí un poema navideño. Sí sé que me gustó tanto, que me lo aprendí de memoria, ignorando su autor. Años después lo encontré en una antología y descubrí que su autor era el maestro malagueño Alfonso Canales. Dice así el poema:

Si de pobre no salió,
¿qué hizo Jesús con el oro?
¿en donde escondió el tesoro
que Melchor le regaló?
Dicen algunos que no
lo tomó ni lo quería;
y que la Virgen María
decidió que lo tuviera
quien por él no se perdiera.
Y que allí está todavía.

No sé por qué este poemita permaneció, sílaba a sílaba, íntegro en mi memoria durante tantos años. Posiblemente porque toma un punto de vista original y nuevo para expresar una idea que muchas veces se ha repetido. La idea de la humildad, la pobreza como opción de Dios para hacerse hombre. Opción que comienza con la elección de su madre, María, una sencilla muchacha nazarena, que al principio no comprende del todo lo que le ocurre, pero que acepta la voluntad superior con la firmeza de los humildes: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Con la elección de su padre adoptivo, José, artesano modesto que permanece siempre en un voluntario segundo plano. Y también en la elección del lugar, el pesebre, que siempre reproducimos en los nacimientos con el cartón piedra. Giovanni Papini ha recordado que el lugar del nacimiento de Cristo es un auténtico establo. "Un establo, un verdadero establo –escribe el autor italiano- no el alegre pórtico ligero que los pintores cristianos han edificado al Hijo de David, como avergonzados de que su Dios hubiese nacido en la miseria y la suciedad. Y no es tampoco el pesebre limpio y amable, gracioso de color, con la pesebrera linda y bien dispuesta, el borriquillo estático y el compungido buey y los ángeles sobre el techo (…) El establo no es más que cuatro paredes rústicas, un empedrado sucio, un techo de vigas y lanchas. El verdadero establo es oscuro, descuidado, maloliente; no hay limpio en él más que la pesebrera donde el amo prepara el heno y los piensos".

Sin embargo, lo que estaba pasando en este contexto de humildad, en estas precarias condiciones, era el hecho más maravilloso y misterioso del mundo desde su creación: la encarnación de Dios, que se hace hombre y irrumpe en la historia. La historia humana que es, no lo olvidemos, un cúmulo de despropósitos, un pozo sin fondo de injusticias y maldades. A este lugar llega Dios hecho niño como una perla se posa en un montón de heno. Y lo hace desde la misma condición de hombre nacido de mujer. Dios se hace hombre y, de alguna forma, diviniza la condición humana. Ahora es el hombre quien tiene carácter sagrado. Ahora cualquier hombre es imagen viva de lo sagrado. El emigrante de la patera, el drogadicto, el niño no nacido y el moribundo. Los inocentes y los débiles, pero también los oscuros y culpables. El terrorista que asesina inocentes, el déspota, el dictador, el maltratador, el pederasta. Todos pertenecen a una condición humana que ha tocado a Dios a través de su Hijo. A todos ha llegado esa luz que hace 20 siglos se enciende en Galilea. Lo que ocurre es que algunos se niegan a recibirla, cierran los ojos o interponen cuerpos opacos.

Después de 2005 años, Cristo sigue año a año naciendo y repitiéndonos el mismo mensaje: amaos los unos a los otros. Palabras antiguas y nuevas. Antiguas de milenios y, sin embargo, renacidas cada Navidad con el vigor de una fruta recién cogida, con la novedad de un descubrimiento maravilloso, con la fuerza de una palabra eterna que va directamente al corazón del hombre como una flecha certera. Amaos los unos a lo otros. 2005 años después sigue sin haber otra solución posible a los problemas del mundo. Sigue sin haber otra salida posible a este terrible laberinto que llamamos sociedad humana. Ya lo hemos probado todo. Hemos ensayado todos los modelos. La utopía socialista y la capitalista, la comunista y la liberal, la tiranía roja y la tiranía azul. La dictadura del proletariado y la del mercado. Y después de tantos intentos, el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. No parece que haya otra salida que la utopía del amor, que no comienza por cambiar las grandes estructuras sociales, sino por transformar el corazón y ocuparse, en consecuencia, por impulso de esta transformación interior, de nuestro prójimo más cercano.

2005 años después seguimos celebrando el nacimiento de este niño. Y lo hacemos como lo hicieron nuestros padres y abuelos. Porque el hombre necesita ritos. El hombre necesita pisar el suelo firme de la tradición, del acto repetido y ritual. Sentirse seguro en el torbellino del tiempo que siempre cambia. El hombre es un animal ritual. Se complace cada año en repetir: el belén, la comida, los villancicos, el encuentro con los amigos, la familia. Repetimos el ritual, pero sin que la rutina ponga una costra de olvido sobre lo que celebramos; sin que el ruido del mundo apague el auténtico mensaje del Dios hecho niño. Las ideas cristalizan en costumbre y ritos; pero si los ritos se desgajan de las ideas que les dan vida, son como el árbol que seca sus raíces, están condenados a la esterilidad. La más gruesa de nuestras raíces es el Cristianismo. Para nosotros, hombres de occidente, esta escena del pesebre es el acto fundacional de la propia historia. De ella parte lo que somos, lo que pensamos, lo que anhelamos. El Cristianismo configura nuestra cultura, nuestras ideas políticas, la organización de nuestra sociedad, nuestro calendario, nuestras fiestas. El rito no puede olvidar su origen como el árbol no puede olvidar su savia.

La Navidad nos introduce en lo misterioso. Es curioso que a las imágenes del belén les llamemos un misterio. El hombre no puede vivir sólo de la razón que calcula y mide. Al final de su vida, al fondo de cualquiera de sus actos, siempre hay una especie de inquietud que le hace mirar más allá, que le hace preguntarse por el sentido de todo. Llamemos a esta inquietud hambre de sentido, sentido religioso de la vida, sensibilidad. Llamémosla como queramos, pero el hecho es que ha estado siempre presente en el hombre. Y al final la explicación de este misterio se busca en cosas sencillas. Después de crear un mundo tan complejo volvemos a lo elemental, a este niño en el pesebre. Somos los pastores que se asustaron con la luz envolvente del ángel. "No tengáis miedo, porque os anuncio una gran alegría, Hoy en la ciudad de David os ha nacido un salvador. Y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre". Los pastores visitan al niño y después (nos cuenta el evangelista) volvieron a sus cosas alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído.

La Navidad nos introduce en el mundo de lo sensible y lo melancólico. Su tono tiene siempre un toque de tristeza velada, de melancolía. Una vez felicité a mis amigos las fiestas navideñas con este poema titulado "Noche buena", que intenta recoger el espíritu de esa tristura que se convierte en un poco tópica. Los dos primeros versos se me ocurrieron atravesando con mi coche una larga avenida iluminada en plenas fiestas navideñas.

La navidad es triste
como una larga calle iluminada.
Son tristes los sueños de los niños que bostezan
buscando sus regalos en el fondo de un eco,
los llantos de los niños que buscan
retener el tiempo como un juguete usado.
Gotas de tristeza disfrazadas de luces
visten los árboles de la larga avenida
como estrellas vulgares que perdieran su rumbo.

La palabra exacta no es tristeza, sino melancolía. La melancolía es una tristeza inteligente, que mira el mundo como algo pasajero, pero en el cual nos ha tocado vivir. Mirar el mundo con los ojos algo húmedos, como a través de cristales empañados. La melancolía es una tristeza que no deviene en desesperación.
¿Por qué la Navidad, que comunica uno de los acontecimientos más alegres de la historia, es triste? Esta es una pregunta de difícil respuesta. Quizá la respuesta está en que este tiempo nos recuerda lo cíclico de la vida. Nos movemos en el tiempo, pero volvemos al mismo lugar en una especie de retorno. La vida humana es una espiral que va subiendo y, al mismo tiempo gira sobre el mismo centro. Volvemos siempre a las mismas cosas; y en esta vuelta nos damos cuenta de aquello que hemos dejado en el camino. Dejamos trozos de nosotros mismos; dejamos las cosas y, sobre todo, lo más doloroso, las personas. De ahí viene esa sensación de tristeza, esa mirada que hace recuento de todo lo que perdimos. Ese fijarse en la silla vacía en la noche de la cena, en que teníamos que estar todos juntos.

Porque vivir es ir perdiendo todo lo que amamos,
me aferro a la esperanza como el náufrago
que mirase otra vez el horizonte,
apenas ya en un hálito de vida,
y cerrase sus cansados ojos y buscase
la luz, ahora, dentro de sí mismo.

Pero esta penumbra no es más que un espejismo, una borrasca que se diluye al calor de este sol poderoso. Este niño ha venido a traernos una esperanza que lo inunda todo, que lo baña todo con una blanca luz de alborada.

¡Blancura de armiño
de un niño que nace!
En Andalucía
y en el orbe entero
resuenen panderos
guitarras bravías
ebrias de coraje.
¡Blancura de armiño
de un niño que nace!
Y el buey y la mula
y la nieve pura
y un coro de ángeles;
y de escarcha un río,
salvando en un curso
meandros y sauces
y puentes de olvido.
¡Blancura de armiño
de un niño que nace!

(Antonio Vergara)

El mundo renace en una segunda creación. Recordemos lo que dice el ángel a lo pastores: no tengáis miedo. Recordemos lo que dice San Pablo: estad siempre alegres. Nos acercamos al establo buscando la alegría como una estrella lejana. Volvemos cada año a este pobre niño, a la imagen desvalida e inocente, en un mundo donde la fuerza del poder y el poder de la fuerza dominan por sus fueros. Aquí en este establo maloliente volvemos buscando un sentido a nuestra vida, buscando a los demás, para que nos den un poco de calor como este buey y esta vaca. Nos acercamos a este primer altar como los pastores de nuestro villancico popular: "en silencio y muy despacito". Vamos detrás de algo que se llama paz. "La palabra bíblica "Schalom", que nosotros traducimos por paz, quiere decir algo más que la mera ausencia de guerra, a saber, el recto estado de las cosas humanas, la prosperidad: un mundo en el que impere la confianza y la fraternidad, en el que no haya miedo, escasez, traición, mencindad" (J. Ratzinger). Pero la paz no está solo en nosotros, en el hondón de nuestra intimidad. Tenemos que ir a cogerla más allá de nuestros límites, en los demás. La paz es tender la mano al desvalido, al desesperado, al solitario, a los arrinconados en la cuneta de la historia como trastos inservibles; es poner una piedra, quizá sólo un pequeño guijarro, en este edificio interminable que es un mundo más dichoso y justo. La paz, como la felicidad, está en salir al encuentro de los otros, porque si nos quedamos mirándonos en el espejo de la autosatisfacción, éste nos devuelve una imagen de muerte. El antiguo mensaje del ángel a los pastores suena una vez más como una palabra de vida, cerca de nuestros oídos, como un palabra nueva y recién pronunciada, como una palabra dicha especialmente para nosotros. Para nosotros, hombres del siglo XXI, el ángel repite estas sencillas y eternas palabras, que son el primer villancico de la historia:

Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad.


 
 
 

 
 
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